Historia

Los orígenes del Señorío de Molina se presentan en la actualidad bastante oscuros, si bien la villa cabecera habría pertenecido al distrito de Barusa, en la Marca Superior, y por lo tanto contaría con una estrecha relación con el valle del Ebro.

En 1128 Molina es conquistada por Alfonso I de Aragón, tras un largo asedio llevado a cabo desde la fortaleza de Castilnuevo, aunque su continuidad en manos cristianas es, por el momento, imposible de documentar con seguridad hasta 1138. A partir de esta fecha se vuelve a abrir una nueva etapa de incertidumbre hasta 1152, año en el que con seguridad se observa el dominio del conde Manrique de Lara sobre el alfoz de Molina, convertido en señorío de behetría de linaje.

Muy complicado, por desconocido, nos resulta asegurar cuáles fueron las claves de la independencia del Señorío de Molina, tanto en época de los Lara como tras los pactos que llevaron a vincularse esta casa con la realeza castellana en 1223, sin perder aún la casa condal molinesa la posesión del Señorío. Sea como fuere, el caso es que las relaciones tanto con Castilla como con Aragón en esta época son cambiantes.

Manrique de Lara, el primer conde de Molina, es un magnate castellano y el propio fuero, si bien es dado por éste, se halla confirmado por el rey Alfonso VIII de Castilla. No obstante, las relaciones de los condes y del propio territorio de Molina a lo largo de la Edad Media con Aragón, e incluso con Cataluña y Occitania parecen ser muy acusadas.

Recordemos que la situación del Señorío de Molina produce una discontinuidad en los perfiles del mapa de Aragón, y que mientras que con Castilla los límites de esta tierra están perfectamente definidos por los ríos Tajo y Mesa, los límites con el reino aragonés, especialmente en las áreas de las Sierra y de la llanura entre Molina, Calatayud y Daroca, no poseen solución de continuidad, con lo que es fácil encontrar entradas y salidas cómodas hacia Aragón cada muy pocos kilómetros, hecho por otra parte común a lo largo de la frontera castellano-aragonesa.

Estos factores suponen que en el periodo de independencia del condado de Molina se den una serie de hechos políticos que relacionan íntimamente a éste territorio con el reino y los diversos países de la Corona de Aragón. Así, se observa en la segunda mitad del siglo XIII, por ejemplo, un conjunto de hermandades entre Molina, Calatayud, Daroca, Cuenca y Teruel dirigidas a establecer una zona de seguridad frente a prendas de ganado por las partes que entran en hermandad, latrocinio en general y homicidios.

En 1284 Juan Nuñez de Lara pierde el Señorío de Albarracín a favor de Pedro III de Aragón. Poco después, en 1290, cuando todavía existía una cierta posibilidad de que Albarracín fuese recuperada por los Lara, se da el matrimonio de Juan Nuñez de Lara el Mozo, hijo del señor de Albarracín, y de doña Isabel, hija de la condesa de Molina, creándose así una potencial situación de unión entre Molina y Albarracín en un solo Estado. No obstante, doña Isabel muere en 1292, desvaneciéndose así las posibilidades de una unión dinástica entre estos territorios.

En 1293 se documenta la donación del Señorío de Molina a Sancho IV de Castilla al morir la condesa doña Blanca sin descendencia, con lo que la alineación de Molina en el ámbito castellano es patente, aún cuando salga del reino por el que ha sido captado y forme parte de Aragón durante un corto periodo con posterioridad a su paso a Castilla (1369-1375).

Otro hecho a tener en cuenta es que la estructura foral de Molina y de las zonas aragonesas fronterizas, pese a la persistencia del factor señorial en aquella, es muy parecida. Entre las similitudes legales, destaca que en todos estos se da una desigualdad jurídica entre la condición de habitante de la villa cabecera y la de aldeano, lo cual dará lugar al asocio de las aldeas en Comunidad a fin de defender sus derechos frente al poder feudal de la villa.

Efectivamente, al igual que ocurre en los territorios vecinos, las aldeas de Molina no debieron de tardar en copiar los modelos de Comunidad que se habían creado en las vecinas tierras de Daroca (1248) y Calatayud (1254), observándose ya en 1266 un tratado de hermandad entre las Comunidades de aldeas de Molina y Calatayud, si bien el momento de fundación del “Común de los aldeanos de la tierra de Molina” sigue siendo un problema sin resolver.

Una vez superadas las crisis en las que se mantiene sumido el territorio en la Edad Media, debido a epidemias y guerras fronterizas, el Señorío se presenta en el siglo XVI como un territorio en el que se comienza a observar una actividad ganadera y comerciante lo suficientemente próspera como para asegurar que este siglo es la Edad de Oro del Señorío de Molina.

En este momento la actividad trashumante hacia Andalucía, la Mancha, Extremadura e incluso el reino de Valencia supone una fuente de ingresos notable que se manifestará, aparte de en el enriquecimiento de los señores de ganados, en un aumento de la población, una prolífica inversión en preciosas obras de arte en iglesias y casas grandes y una importantísima creación de cofradías que, revestidas de religiosidad, no son sino una manifestación del dinamismo social que está viviendo el territorio.

En este momento Molina y el Señorío se presentan como un lugar de paso necesario por su ubicación geográfica entre Valencia y Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, Aragón y Cataluña, lo cual supone la entrada y salida de mercancías, especialmente como producción propia las manufacturas textiles, las carnes, los pescados de agua dulce y la madera de la Sierra para la construcción y los astilleros.

Es a partir de este siglo cuando algunas de las aldeas comienzan a comprar al Estado su propia jurisdicción a fin de evitar seguir rigiéndose por el Concejo y Justicia de Molina, son los casos de Checa y Tortuera a las que seguirán en tal empeño en el siglo XVII Milmarcos, Fuentelsalz y Peralejos. Orea, Piqueras, Alcoroches e Hinojosa, alcanzarán el villazgo en el siglo XVIII.

No obstante, desde la década de 1580 se comienza a observar un nuevo periodo de crisis demográficas debidas a epidemias de peste y sucesiones de malas cosechas. Este periodo que se prolongará hasta mediados del siglo XVIII, se seguirá caracterizando por una economía basada en la ganadería y el comercio, pero a finales de este periodo se observa una emigración masiva al sur peninsular de modo que los movimientos temporales comienzan a hacerse definitivos.

La puntilla a esta situación la da la dramática situación de hambruna que provoca la Guerra de Sucesión, debido a que el Señorío de Molina se presentará como teatro de operaciones ante las ofensivas del Archiduque Carlos de Austria apoyado mayoritariamente en Aragón y Cataluña y las contraofensivas de Felipe V, apoyado en Castilla. Con todo, el siglo XVIII se presenta como un periodo alcista, especialmente en su segunda mitad, y sobre todo en los pueblos del territorio, los cuales comenzarán a adquirir a través de la Común cada vez más competencias hasta lograr instituirse muchos de ellos en 1764 en Ayuntamientos, dependientes todavía, eso sí, del Ayuntamiento de Molina.

Con las profundas transformaciones políticas que traen la Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz, los pueblos del Señorío comienzan a instituirse ya en Ayuntamientos Constitucionales, totalmente independientes del Ayuntamiento de Molina. Esta situación aparentemente beneficiosa para las villas y lugares de Molina, genera un proceso de “desbandada general” en el que el resultado será la pérdida de la mayoría de los bienes de la Comunidad y aquellos que compartía Molina con el resto de los pueblos a favor de municipios y particulares.

A esto hay que unir la situación de ruina en la que se encuentra Molina tras el incendio de la villa (ciudad por decreto de las Cortes de Cádiz) el 2 de noviembre de 1810. La institución de la nueva Provincia de Guadalajara supondrá la supresión temporal de la Común de la Tierra en 1836, si bien se siguieron eligiendo sus cargos de forma extraoficial hasta su nueva formalización 1881.

Pese a todo, en este periodo de abandono institucional se subastan y pierden casi todas las propiedades, campos, montes y pastos, las cuales generaban unos ingresos que mantenían viva la institución y le daban una razón de ser en una sociedad fundamentalmente agraria. Esta situación crea un clima psicológico cada vez más individualista, los pueblos llegarán a negar la existencia del Señorío de Molina y cada vez será más evidente aquello de que “lo que es del Común no es de ningún”.

Se trata, pues, de una situación que alcanza el siglo XX y que se agudiza si cabe con la gravísima despoblación de los años 1960-1990, aún cuando la solución de los problemas actuales de la escasa población del Señorío pasa necesariamente por la vuelta a una mentalidad solidaria y a las instituciones comunes.