Alustante es un lugar del Señorío de Molina, que desde la época de su reconquista y repoblación (siglo XII) debió de pertenecer a dicho territorio. Sin embargo, la primera noticia histórica que conocemos sobre Alustante data de finales del siglo XIII, concretamente de 1293, año en el que la condesa doña Blanca de Molina, en su testamento, dona esta aldea a Fernán López, hijo de Mari López, al parecer una de las dueñas en la corte de Molina.

Así pues, se puede decir que desde los primeros momentos de la historia documentada del pueblo, se observan unos vínculos señoriales entre Alustante y la casa condal de Molina. Posteriormente encontramos a Alustante en el siglo XVI como aldea principal de la sexma de la Sierra del Común de la Tierra de Molina, demarcación territorial que incluso llegará a llevar el nombre de “sexmo de Allustante”.

Alustante, como aldea de Molina, no poseyó Ayuntamiento propio hasta bien entrado el siglo XIX, pero sí un Concejo gobernado por dos regidores y varios oficiales, a más del llamado “Cuerpo de Concejo”, es decir la asamblea de vecinos. Este Concejo debió de destacar pronto de entre los otros pueblos vecinos, siendo capaz incluso de financiar en buena medida las obras de la iglesia que se vinieron ejecutando desde principios del siglo XVI . Sin embargo, donde más interés demuestra tener el Concejo de Lugar, en cuanto a obras públicas, es en la torre de la iglesia, que en sucesivos momentos históricos debió de ser utilizada como lugar de refugio, y punto de comunicación a través de las campanas que aún hoy muestran inscripciones que señalan el carácter mixto, civil y eclesiástico, que un día tuvieron. Con las campanas no sólo se efectuaban toques religiosos (misa, rosario, entierros, procesiones) sino que también se convocaba con ellas a los vecinos a reuniones concejiles con el llamado “toque de concejo”, también con ellas se tocaba “a fuego” para que la comunidad acudiera a apagarlo, servían para orientar a los vecinos que se perdían en la ventisca, se anunciaba el alzamiento de la veda de los rastrojos, etc ; de ahí que interesara al concejo el acceso y hasta el control de la torre.

No obstante, aparte de unas funciones sociales y económicas claras, la torre poseía también un significado simbólico, ya que era punto de referencia que pregonaba el orgullo comunal, del mismo modo que lo hacía en general la arquitectura de ciertos edificios como la lonja, la casa del concejo, la iglesia, etc . La torre era pues, un elemento comunal por antonomasia, sobre el cual tenía potestad el concejo de la aldea, siendo un edificio que si bien se contenía en otro (la iglesia) podía ser concebido como una construcción exenta de la parroquial.

De ello dan cuenta varios hechos, como la orden dada por parte del visitador diocesano a los regidores del Concejo en 1512 de que “çierren las ventanas de la torre e la retejen, al día de San Juan primero que biene, so pena de excomunion”, o también la ubicación del reloj del Concejo en dicha torre, al menos desde el siglo XVIII. Como es bien sabido, una de las partes más destacadas del edificio fue la escalera de caracol, cuyas obras se llevaron a cabo desde 1552, no conociendo por nuestra parte el momento exacto de finalización ya que cuando dejamos de tener noticias sobre las cuentas de dicha construcción, en 1563, todavía se está construyendo.

Todo nos hace sospechar que la obra del caracol no fue ni barata ni fácil. En la visita pastoral de 1561 se observa el desagrado que le causó al visitador observar la enormidad de la obra: “Ytem, visto por el dicho visitador [Andrés Bravo] el gasto tan grande que se faze en el caracol y torre desta yglesia y la poca posibilidad que la yglesia tiene para pagarlo y que tiene otras cosas que rremediar mas neçesarias al culto divyno que la torre, sin la qual por el presente se puede pasar, mas que la dicha obra se suspenda fasta que la yglesia tenga con que lo poder acabar”.

El caso es que la obra de la torre se acabó y al parecer no con los fondos de la Iglesia sino con los del Concejo de lugar. En el Catastro de Ensenada (1752) se nos presenta el reinado de Felipe IV (1621-1665) -periodo muy poco concreto por lo demás- como el momento en que se finalizarían las obras, es decir que se habrían prolongado a lo largo de un siglo. Pero lo que más nos llama la atención de este hecho es que en la fecha de elaboración del Catastro se sigue pagando todavía por parte del Común y Concejo del Lugar “un censo redimible de el que paga anualmente ochenta y ocho reales a el vicario de Alcalá de Mora –Alcalá de la Selva-, y por voluntad de este lo distribuyen, quarenta y quatro reales en limosna de pobres deste dicho lugar y los otros quarenta y quatro restantes a los pobres de el Lugar de Motos, el qual lo impusieron en el reinado de Dn. Phelipe el quarto, que en gloria esté, para concluir la torre parroquial de este dicho Lugar”. Este censo es la prueba irrefutable de que fue el Concejo el que financió las obras de la torre.

Tan orgulloso debió de quedar el pueblo de esta obra, que la torre y su escalera, ya de por sí símbolos del pueblo, se materializaron en la representación de un caracol, el molusco tal cual, que en adelante y hasta la actualidad se ha venido utilizando como parte de la emblemática municipal. Este hecho queda demostrado al haber llegado hasta los años 1960 una versión de la representación del caracol escoltado o sostenido por dos leones en la fuente pública, obra de 1772.

No debe de dejar de llamar la atención que un concejo de un lugar cuya jurisdicción pertenecía a Molina comenzase a utilizar emblemática propia, puesto que hasta que un lugar no compraba su jurisdicción convirtiéndose así en villa –algo que Alustante nunca logró- no podía utilizar escudo propio, pudiéndose usar solamente, si a caso, el del concejo del que se dependía, algo que por otra parte en este Señorío era una cláusula foral.

Aparte de su significado histórico, ya mostrado, en semiótica, el caracol es un símbolo lunar que muestra la regeneración periódica, un símbolo de muerte y renacimiento dentro del tema del perpetuo retorno; por su parte, el león, en heráldica, suele ser el símbolo de la soberanía, y también de la fuerza, el valor y la magnanimidad. No es de extrañar que después del esfuerzo económico y humano que costó la realización de la fuente de la plaza Mayor se grabara en ella el símbolo del pueblo (el caracol) sostenido por dos leones, pues en la documentación manejada referente a tal fuente no se esconde el orgullo de haber realizado con ésta una útil y bella obra comunal.

Antigua fuente de la plaza mayor.

Andando el tiempo, observamos que en el último tercio del siglo XIX el ya Ayuntamiento Constitucional de Alustante elabora una nueva versión del emblema municipal consistente en un sello ovalado que muestra un escudo semipartido y cortado, hallándose representadas las armas de Castilla y León en los cuarteles superiores y la constante del caracol en el inferior. Parece tratarse de un sello muy rudimentario, incluso diríamos que reaprovechado, de modo que de las tres flores de lis que se venían representando en la intersección de los cuatro cuarteles de castillos y leones de los sellos del Estado, sólo se aprecian dos al haberse eliminado la flor inferior, al parecer, con la introducción manual del caracol.

La versión actual del escudo municipal está inspirada en este sello del XIX. En dicha rehabilitación, cuya investigación se debió al Académico Correspondiente de las Reales de la Historia y Bellas Artes desde 1986 al 87, D. Ramón Maldonado Cocot, se recuperó en buena medida lo que era ese sello decimonónico describiendo el escudo de Alustante del siguiente modo: “Escudo cortado y medio partido: en el primero, en campo de gules o rojo, las Armas Reales de Castilla que son el castillo de oro (de tres torres), mazonado (señaladas las piedras) de sable o negro y aclarado (la puerta y ventanas) de azur; en el segundo, en campo de plata, el león rampante de gules (rojo carmesí) que son las Armas Reales del Reino de León; en el tercero, en campo de azur, el caracol de plata pasante (andando). Lo corona la real de España cerrada”.

Como se puede ver en esta nueva versión del escudo municipal toda alusión a las flores de lis ha sido obviada. Por otro lado, el caracol, que en la versión original del sello aparece como visto desde arriba, en el nuevo escudo ha sido colocado mirando a la izquierda, pasante o andando. Sin embargo, lo que nos interesa de esta nueva versión, es que al menos hubo una sensibilidad por parte de las corporaciones de entonces (años 86-88) por recuperar y ordenar según los criterios heráldicos actuales una antigualla aparecida por casualidad.

Teniendo en cuenta lo anteriormente expuesto, cuando realizamos la memoria para la aprobación en el pleno de una bandera municipal el año pasado, nos pareció justo conceder una prioridad a los antiguos emblemas del concejo (leones y caracol) de modo que el Ayuntamiento y el pueblo de Alustante recuperaran en la bandera los símbolos del Concejo del siglo XVIII. Esta recuperación no implica, evidentemente, la desaparición del escudo actual, utilizado como membrete de documentos municipales, sino que rememora una emblemática de al menos dos siglos de antigüedad que podría mostrarse en el exterior del Ayuntamiento, junto a otras banderas oficiales, en los momentos más solemnes para el pueblo.

La bandera municipal de Alustante es rectangular y en ella se encuentran representadas en el centro, sobre campo azur (azul), las figuras en plata (blanco) de los dos leones escoltando al caracol. Recuérdese que el azur y el plata han sido utilizados también en el cuartel inferior del actual escudo de Alustante. Esta disposición en los colores haría referencia a los colores tradicionales del Señorío de Molina. Efectivamente la Real Academia de la Historia a la hora de sancionar la estructura, figuras y esmaltes del escudo de Molina en 1975 determinó que las figuras iban en color plata (blanco) sobre campo azur (azul).

Como digo, si bien son cosas éstas que aparentemente pueden no ser de interés en el contexto de la problemática actual del pueblo, no cabe duda de que forman parte de un elenco cultural que debe ser rescatado y conocido por todos. Y no nos equivoquemos: la sensibilidad cultural también es un indicador del nivel de desarrollo de un territorio. Se trata de cuestiones que dicen mucho de nosotros, de nuestro pasado, de nuestro presente, de nuestro futuro.