La banderas de las fiestas (27 Y 28 de agosto)
A la memoria de Carlos Sánchez ‘Olemaña’

Una tradición militar
Una de las tradiciones más vistosas e interesantes que se han conservado en Alustante es el bandeo de la bandera de la Virgen durante la procesión de la Natividad. Su origen parece remontarse al menos al siglo XVIII, aunque no es descartable que tuviera mayor antigüedad. Parece que su origen se encuentra en un alarde o parada militar de una pequeña milicia local que tenía lugar el 8 y 9 de septiembre y tal vez también el 15 y 16 de agosto, al parecer unas de las fiestas principales del pueblo en el pasado.

bandeo de la bandera

Para entender esta tradición hay que tener en cuenta la organización militar que existió en el Señorío de Molina durante el Antiguo Régimen. En los momentos en que la Corona necesitaba soldados se establecían cupos por territorios, de modo que al Señorío le correspondía un número variable de soldados. Estos cupos se cubrían tanto con hidalgos como con pecheros de la villa y de la Tierra, y tanto con casados como con solteros.

El territorio se dividía en compañías compuestas por las parroquias de Molina y las cuatro sesmas; se sabe, por ejemplo, que en 1609 estaban agrupadas en una compañía bajo las órdenes del capitán Francisco Heredia las parroquias de San Gil y Santa María del Conde y las villas y lugares de las sesmas del Campo y del Sabinar, mientras que a las órdenes del capitán Diego Agustín de Ortega lo estaban las parroquias de San Pedro, San Martín, San Miguel , parte de Santa María del Conde y las sesmas de la Sierra (en ella Alustante) y del Pedregal.

Dado el permanente estado de guerra en el que vivió la Corona, sobre todo con las campañas exteriores, es posible que en los pueblos existiese siempre una permanente conciencia militar, de modo que todos los varones se consideraban soldados potenciales.

Es por esta época (1653) cuando se documenta en Alustante una soldadesca en honor a la Virgen de la Natividad con unos “capitanes de las fiestas” (Pedro López de Orea y Miguel Pérez) y un “capitán de los moços” (Domingo de Salas) a los que se paga 120 rs. y 44 rs. respectivamente en concepto de “ayuda para el gasto de la pólbora que gastaron en las fiestas”. Aunque no se especifica cuándo ni cómo se gastaba esta pólvora, pudo tratarse de un uso en forma de salvas disparadas por un pequeño ejército de lugareños en honor a la Virgen durante la procesión.

Más adelante en el tiempo, en la Guerra de Sucesión, el envío de soldados por pueblo fue masivo, ante las distintas campañas que se estaban llevando a cabo en los territorios peninsulares, en ocasiones de forma tan cercana a los núcleos de población del Señorío de Molina que llegaron a afectar a los mismos lugares, de modo no quedó más remedio que defenderlos por medio de milicias locales improvisadas.

Fue el caso de Alustante, donde se sabe que se alojaron las tropas austriacas en la casa de concejos, la cual expoliaron, arrancando los marcos del archivo y arrojando los documentos a la calle. Se habla en la documentación posterior de “apedreos” en las calles del pueblo contra “los enemigos” (austriacos) y aún en las décadas posteriores (1738) se observa que se vienen arrastrando en el territorio molinés las consecuencias de la guerra, agravadas “por lo estéril y corto de aquel país, de modo que actualmente se halla en el más miserable estado”.

Precisamente esa conciencia militar entre los hombres del pueblo se deja ver en 1715, recién acabada la guerra de Sucesión, con la adquisición por parte de los casados del pueblo y por mediación de don Juan Franco y Piqueras, vecino de Orihuela, de “una vandera de guerra de diferentes colores que tiene por escudo a Nuestra Señora de la Asunción por la una parte y por la otra a San Roque(...) y costó cinquenta reales de a ocho que hazen de vellón setecientos i zinquanta reales, los quales pagaron los vecinos cassados de este lugar de Alustante, i no los mozos (sic), los quales dichos cassados tienen mando i jurisdición sobre ella i no otra persona alguna”.

Así pues se documenta ya la existencia de una bandera de guerra, es decir, una enseña adquirida con el fin de utilizarla para futuras campañas militares, muy posiblemente, y atendiendo a los decretos de Felipe V, con el motivo de la cruz de san Andrés o sotuer de Borgoña que se ha mantenido hasta la actualidad en las distintas versiones de esta bandera que han legado hasta la actualidad; que tomaba como emblemas propios la Virgen de la Asunción y San Roque, en referencia al patronazgo y copatronazgo del lugar; y que en principio, esta bandera o banderas eran de colectivos muy concretos del pueblo, los casados en esta ocasión, con la posibilidad de que los solteros tuviesen otra.

Se sabe que los mozos organizaban todavía en 1842 una compañía propia para la fiesta de la Natividad en la que se elegían siete cargos, manteniéndose, entre ellos las figuras del capitán y dos mayordomos. Esta tradición, con algunas variantes, ha llegado hasta la actualidad en Orea, donde también se bandea la bandera, y es muy posible que se trate del origen también de la bandera de Alcoroches.

En todo caso, parece que existió tradición en muchas partes de Europa (Siena, quizá la ciudad más conocida por ello) de hacer exhibiciones con banderas a fin de mantenerse en forma y dispuesto para la guerra en tiempos de paz, como lo demuestran las palabras del sienés F.F. Alfieri, quien comenta en 1638 que “el ejercicio de la bandera estará siempre entre los recomendados porque, al practicarlo, el pie se vuelve ágil, la cintura flexible, la mano adquiere fuerza y se libera el brazo”.

Las versiones conservadas de la bandera de las fiestas

Pese a que las dos banderas que han llegado hasta la actualidad son relativamente recientes -la una data de 1944 y la otra de 1975- en ellas creemos encontrar una constante que nos da idea de lo que pudo ser su morfología inicial.

La bandera más antigua es de seda, con unas medidas de 160 x 160 cm, y en ella están representadas, sobre fondo blanco, un aspa roja o sotuer esquematizado al que se solapa una cruz griega amarilla; donde convergen ambas cruces se forma una estrella de ocho puntas de color azul celeste y en el interior de la misma se forma a su vez un rombo en el que por una cara se representa a una Virgen con el Niño y por otra el anagrama del Ave María.

Los bordes de la bandera son unas bandas azules, exceptuando el del lado opuesto al mástil que es rojo. Una orla situada en la cara en la que aparece la Virgen, y justo encima de la estrella de ocho puntas, indica el donante y el año de donación de dicha bandera: C[ristobal] CASINOS; y debajo de la estrella la data: 1947. Al parecer Cristóbal Casinos era un comerciante vecino de Santa Eulalia (Teruel) procedente de una familia de comerciantes textiles de Alustante.

La otra versión de la bandera, más reciente, consiste en una bandera fabricada en loneta de 170 x 170 cm con fondo blanco sobre el que se representa un aspa roja; en esta ocasión la estrella de ocho puntas es verde, como las bandas de los bordes. En el centro se repiten de nuevo la representación de la Virgen con el Niño y el anagrama del Ave María y esta vez la orla lleva bordada la siguiente inscripción: FAMILIA LORENTE FERNÁNDEZ 1975. En ambos casos las banderas se rematan con flocaduras de hilo dorado.

La constante en ambas versiones es su forma cuadrada, el aspa o sotuer rojo y el fondo blanco, propios de las banderas de guerra españolas durante todo el Antiguo Régimen.

En el caso de Alustante este sotuer se habría ido esquematizando, simplificando, a lo largo del tiempo, perdiendo los clásicos nudos o garranchos que, sin embargo, se han conservado en banderas históricas de la misma filiación como la de la cofradía del Carmen de Molina o la del dance de Visiedo (Teruel).

En todo caso, durante el bandeo la vistosidad es patente, tanto por los colores como por los motivos radiales que en ellas se representan, motivos sin duda provenientes de una bandera más antigua de la que hemos tenido noticia pero que ya no ha llegado a la actualidad.

Tal vez esa antigua bandera es aquélla de la que se hallan referencias en el proceso de subasta de 49 suertes de tierra desde la presa del molino de Cirujeda hasta el Charcón llevado a cabo en 1872, de modo que entre las condiciones de puja se encuentra una que señala que “cada suerte llevará de recargo 10 reales vellón para reponer la bandera del pueblo”.

Así pues, en esta época ya no existían banderas propias de casados o solteros, sino una única para el pueblo que se iba reponiendo según se iba deteriorando con el uso, cuyas versiones más antiguas parece que se han perdido para siempre y sobre las cuales sólo cabe establecer hipótesis.

Cómo es el bandeo de la bandera
El abanderado es (era) elegido por los piostres de la Virgen y es el encargado de conducir a la banda de música a recoger a dichos piostres, al alcalde y al juez para acudir a misa; el día de la Virgen primero se pasa a recoger al alcalde y el día de los difuntos, es decir, el siguiente, primero al juez. En todo momento el abanderado va abriendo la comitiva. Asimismo ocurre con la procesión del día de la Virgen.

bandeo de la bandera

El momento y lugar del bandeo ha cambiado en los últimos cincuenta años, y así originalmente se bandeaba la bandera en el atrio de la iglesia justo antes de entrar la imagen a la iglesia, espacio que fue denominado en siglos anteriores ‘el cementerio’, por haberlo sido desde la Edad Media.

No es casualidad que éste fuera el espacio elegido por los antiguos habitantes del lugar dado que originalmente también fue lugar de celebraciones de concejos, conservando la memoria e incluso dejando patente la aquiescencia de los antepasados.

Más adelante, en torno a la década de 1960, se pasó celebrar el acto en la plaza del Castillo, justo antes de la subida de las escaleras. Parece que este cambio se debió a la falta de sitio que comenzó a haber en aquel atrio. Finalmente se decidió en torno a 1980 que el bandeo se hiciera en la plaza Mayor, donde se sigue llevando a cabo en la actualidad.

Se ignora la razón por la que se realiza los dos días seguidos, uno delante de la Virgen y el día de difuntos sólo ante los piostres y autoridades, pero caben las hipótesis de que el segundo día se hiciese en honor a los antepasados, o incluso que la tradición provenga de que hubiese dos grupos de fiestas en las que se llevase a cabo, la Virgen de Agosto-San Roque y la Natividad, y que el segundo día se conservase como reminiscencia de que el día de San Roque también se llevaba a cabo. Sea como fuere, tanto el día de la Virgen como el día de los difuntos, el bandeo lo abre el abanderado al que van siguiendo otros aficionados a medida que van terminando sus demostraciones, sin interrumpirse unos a otros.

El que sale a bandear toma la bandera plegada en triángulo, la cual se lleva al hombro hasta hacer tres reverencias o arrodillés a medida que se acerca a la imagen de la Virgen hasta besar su manto que se vuelven a repetir a medida que se aleja.

Antiguamente el que bandeaba, tras hacer el último arrodillé, llevaba la gorra (boina) o el sombrero en la mano y bien lo echaba al público que se concentraba en su entorno o bien lo entregaba al siguiente participante, diferenciándose, por ejemplo, del baile de la bandera de Alcoroches, donde el que desea bandear ha de levantar al que está bandeándola, si bien en ambos casos el repertorio de ejercicios que se observan es muy similar.

Comienza el bandeo. Por medio de juegos de muñecas se realizan una serie de ejercicios en los que se trata de mantener desplegada la bandera -excepto en el que consistente en enrollar y desenrollar la bandera- en un continuo baile amenizado por la música, que antaño era la de la dulzaina y tamboril. Posteriormente, tanto con bandas de música como con charangas, se ha impuesto el tiempo de pasodoble, ignorándose si existió antaño algún tipo de música específico para amenizar el acto.

Existen varias posiciones en repertorio de ejercicios que componen el bandeo: de pie, arrodillado, sentado, tumbado. Un ejercicio habitual es el de enrollar y desenrollar la bandera sin perder el ritmo, un ritmo, por cierto, algo más lento que, por ejemplo, el caso de Orea, donde predomina un tempo algo más rápido. En todo caso, los efectos plásticos y de color que se consiguen en estas tradiciones son realmente llamativos, siendo, sin duda, unas de las conservadas en la Sierra con más raigambre y participación de público y actuantes.