Cada 28 de diciembre en Alustante se reúnen los jóvenes que rondan los 18 años para celebrar la fiesta de los Inocentes, día en el que éstos, a modo de fiesta iniciática y de inversión, toman el poder local. Hoy la fiesta, pese a que ha perdido buena parte de los aspectos folklóricos que la conformaban, se mantiene viva en buena parte.

Orígenes y significado de la fiesta
Desde la Edad Media se observa en muchas partes del Occidente europeo un intento por parte de las autoridades locales por poner un orden en los círculos juveniles, caracterizados en ocasiones por una conducta indómita y por crear desórdenes públicos de todo tipo. Para ello, estas autoridades les obligan a asociarse en cofradías y compañías reguladas por estatutos y normativas supervisadas por el poder establecido. Se trata, pues, de hacer entrar dentro de un orden reglado a un colectivo potencialmente problemático.

En Alustante se encuentra a finales del siglo XVI una cofradía dedicada a mantener alumbrado el Santísimo, compuesta sólo por los mancebos del lugar, exclusividad que al final acabará sucumbiendo en el momento en el que algunos de ellos comienzan a casarse. También en la fiesta de la Natividad en el siglo XVII se encuentra documentado un “capitán de los mozos”, el cual debía de gobernar sobre una pequeña compañía con estatutos propios, hoy desgraciadamente perdidos. Hay que tener en cuenta, por lo tanto, que la fiesta de los Inocentes no era, ni mucho menos, la única protagonizada por los jóvenes del pueblo, siendo también fiestas propiamente juveniles en el ciclo festivo alustantino la fiesta de los mayos (30 abril), las enramadas de San Juan (24 de junio) y el Pimpollo de San Pedro (29 de junio), fiestas relacionadas en origen con la propiciación de la fertilidad.

Otro aspecto que hay que tener en cuenta para encontrar el origen de la fiesta de los Inocentes es que, aunque en las sociedades preindustriales las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas, poseían resortes para mantener un control en ocasiones demasiado férreo, existían una serie de días al año en las que el pueblo tenía ciertas libertades, en los que estaba permitido el desenfreno e incluso la protesta política y social. Había momentos y lugares en los que se dejaba mandar a colectivos sin posibilidad de gobierno por edad o sexo como los niños (fiesta del Obispillo, 28 de diciembre) y a las mujeres (Santa Águeda, 5 de febrero); es, pues, aquí donde hay que buscar el significado y ¿por qué no?, el chiste, la gracia de los Inocentes: los jóvenes tomaban por un día el mando del lugar, emitiendo sus órdenes y bandos particulares, cuando lo normal era que en las sociedades tradicionales el gobierno local fuese una gerontocracia o gobierno de ancianos. Todas estas fiestas de inversión, comenzando por los Inocentes (incluso por la Nochebuena para algunos antropólogos), pertenecen ya al ciclo de Carnaval.

Formas de la fiesta
Hasta la desaparición de la mili los Inocentes venían siendo los quintos, si bien hay noticias orales de que en realidad, en su origen, podían pertenecer a la comparsa todos los jóvenes del pueblo (incluso algún casado) que lo desearan. El día 27 de diciembre por la tarde los Inocentes pedían las llaves de la iglesia al sacristán, pues a ellos les correspondía tocar a oraciones aquella tarde, toque de queda que indicaba la llegada de la noche y por lo tanto de hecho de la fecha siguiente. En la mañana del 28 de diciembre el toque de oraciones del alba se convertía en un bandeo de campanas que levantaba al pueblo entero en ocasiones poniendo en alerta a los olvidadizos. Lo que se pretendía con este madrugón era comenzar a pedir para la fiesta dinero o género (huevos, manteca, vino, embutidos...) a personas que no iban a estar durante el día en el lugar, tales como los pastores, el cabrero, el dulero, el vaquero, etc. Para ello los Inocentes se distribuían por las salidas del pueblo a fin de que nadie se escapara sin contribuir.

Los Inocentes iban vestidos con unas casacas rojas con ribetes dorados, las cuales por detrás llevaban bordados los nombres de los cargos que ocupaban ese día: Alcalde (llevaba la vara de mando), Juez (impartía la particular justicia de ese día), Alguacil (pregonero y ejecutor de penas ficticias), Ánimas (tesorero), Tte. Alcalde, Concejal, y otras tantas casacas sin cargo como jóvenes se juntaban ese año en esta Corporación fingida. Una de las casacas antiguas llevaba bordada la fecha en la que al parecer se confeccionaron: AÑO DE 1878, aunque la tradición puede ser, como se ha visto, muy anterior. En realidad, atendiendo a los cargos, se está reproduciendo un ayuntamiento constitucional decimonónico, aunque la pervivencia del animero o recaudador de la capellanía de las Ánimas nos habla de un cargo concejil que existía en Alustante ya en la segunda mitad del XVIII y que debió de desaparecer a finales del XIX. En todo caso hay que recordar que los concejos solían ser, al menos en la diócesis de Sigüenza desde el siglo XVI, patronos de las capellanías de ánimas.

Los Inocentes llevaban unos instrumentos llamados coscorretas que servían para azotar a la gente que iba por la calle o a aquellos que no querían darles dinero; este instrumento se trata de un artilugio de madera compuesto por varias lengüetas que, pese a que no hace demasiado daño, hace un ruido especialmente amplificado al golpear con él, con lo que, por otro lado, en todo momento se sabía por dónde iba la comparsa. Se trata, sin embargo, de otro elemento netamente carnavalesco: es muy habitual hallar en las tradiciones de este ciclo instrumentos con los que el varón (y en este caso la comparsa, como el gobierno municipal real, estaba únicamente compuesto por varones) golpea simbólicamente a las chicas, lo que se ha interpretado en ocasiones como un gesto de propiciación de la fertilidad en beneficio de la comunidad. Con un significado parecido se encontraría el ritual de lavar la cara a las mozas en las fuentes del pueblo que se llevaba a cabo en este día. Pero también el ruido de este tipo de fiestas está íntimamente relacionado con el culto a las ánimas como denotan varios elementos de la fiesta: la chaquetilla de uno de los jóvenes o la intención de la misa del día. El ruido aleja por un lado pero también guía a las almas en este día, como las campanas que tocan los Inocentes al comienzo y al final de la noche. A media mañana la Corporación acudía a misa mayor destinada, como decimos, al sufragio de las ánimas del lugar y muy posiblemente pagada al cura con parte de la cuestación; ese día los jóvenes ocupaban los bancos de la justicia y dos de ellos ayudaban a misa. Una de las partes de la misa consistía en las amonestaciones fingidas en las que uno de los Inocentes subía al púlpito a anunciar el próximo enlace de algunos solterones y solteronas del lugar, sin olvidar añadir aquello de que “si alguien tiene algo que alegar en contra de este matrimonio, como falta de edad u otros motivos, que hable ahora o calle para siempre”. Una censura en toda regla a aquellos que no habían colaborado en la prosperidad del pueblo por medio de la procreación.

A lo largo del día el ayuntamiento de los Inocentes, al tiempo que seguía con la cuestación por las casas, iba dando órdenes grotescas o robando por las casas utensilios o pequeños muebles que después se subastaban en la lonja, obligando así al dueño a pujar el que más para recuperar sus enseres.

Por la noche, antes del baile, se echaba el pregón de los Inocentes, el cual en origen es muy posible que se hiciera, como el baile, en la misma sala de concejos: es interesante este pregón porque en él se contenía una censura tanto a la autoridad como a los vecinos que se habían salido de las normas establecidas. Se observa que lo que hacen los jóvenes en esta fiesta consciente o inconscientemente –aún dentro del tono jocoso de la fiesta- es mantener el orden según los criterios que dictan unos usos y costumbres sociales, en ocasiones de una rígida estrechez, interviniendo incluso en aspectos que hoy consideraríamos como parte del ámbito más íntimo de la vida privada, pero que en el pasado formaban parte del dominio público. En el pregón, pues, se trataba de incitar a la rectificación y de denunciar los hechos que trasgredían el orden establecido dentro de la localidad en función de los criterios derivados de las mentalidades de las diferentes épocas; se trataba pues de una autocensura, en ocasiones, brutal y coactiva de la comunidad sobre ella misma, poniendo como portavoz a uno de los colectivos potencialmente más peligrosos de la sociedad, la juventud de antaño, que impedía toda innovación o promoción tanto particular como colectiva, lo que ha llevado a algunos autores a concluir que, aunque aparentemente estas manifestaciones constituían una forma de protesta social, en el fondo no eran sino una manifestación de la moral conservadora dominante en la sociedad agraria tradicional.

La fiesta hoy
En la actualidad la fiesta se sigue celebrando, manteniendo algunos de los aspectos del pasado. Así los jóvenes del pueblo salen por la mañana del 28 de diciembre vestidos con sus chaquetillas rojas. Es importante destacar cómo también las jóvenes han entrado a formar parte de estas corporaciones, lo cual resulta una interesante puesta al día de la fiesta. La noche la han pasado en blanco, redactando el pregón y eligiendo de una forma más o menos tácita al alcalde de la nueva corporación. Asimismo, se conserva la tradición de las coscorretas, en la actualidad fabricadas en las serrerías, pero manteniendo unas formas muy similares a las antiguas. También se mantiene la tradición de la cuestación por las casas, en la que cada vecino les aporta alimentos o dinero para hacer una comida y una cena. En la actualidad después de la cena, habitualmente celebrada en el local de la Asociación Cultural, los Inocentes se bajan al bar y allí echan su pregón recitado íntegramente en verso y en el que no faltan alusiones a las gestiones municipales y a los eventos más destacables de la comunidad. Las alusiones personales se mantienen, aunque de forma cada vez más atenuada. También se conserva, como reminiscencia de aquellas amonestaciones desde el púlpito, que al parecer dejaron de hacerse en los primeros años de la posguerra, una parte titulada Casorios en la que se suelen emparejar a los solteros y solteras del pueblo. La fiesta suele terminar en el disco-bar de la Asociación Cultural, otro recuerdo de los antiguos bailes con los que concluía el día en el que mandaban los jóvenes.