(ant. 17 de enero; act. sábado más próximo a esta fecha)

Significado de la fiesta
Este tipo de fiestas poseen un profundo sentido de protección contra enfermedades y propiciación de la llegada de la primavera. Pese a estar en mitad del invierno los días comienzan a crecer, pero en las culturas antiguas el ser humano se sentía obligado a intervenir por medio de ritos en los ciclos cósmicos para que llegaran a ser completados; en este caso las hogueras y luminarias simbolizan eso, el deseo de la llegada del buen tiempo y de los días largos, en suma, la resurrección de la naturaleza. Además quemando lo viejo e inservible al tiempo que la aldea se regenera, recrea por unos momentos un espacio y un tiempo de luz y calor.

Por otro lado, es un ritual de protección por medio de un elemento, el fuego, de otro tipo de fuegos, las terribles calenturas que trae la enfermedad, y una sobre todo: el fuego de san Antón. Se trataba de la enfermedad del ergotismo, causada por la ingesta de cereales (especialmente el centeno) contaminados por el cornezuelo, un hongo (el Claviceps purpurea) que llegaba a provocar, tras los síntomas de intenso frío y posterior quemazón en el cuerpo, graves mutilaciones, parálisis e incluso la muerte. Los que sobrevivían a ésta y otras enfermedades como la lepra, mutilados o seriamente paralizados, eran llamados gafos en la Edad Media, un insulto incluido en las ‘palabras vedadas’ del fuero de Molina, aquéllas que no podían ser dichas a nadie bajo pena de diez maravedíes.

Existió una orden de caballeros hospitalarios de San Antón que se dedicó al cuidado de peregrinos que habían contraído, bien el ergotismo, bien la lepra, quizá no curándolos, pero sí atendiendo su exclusión social a la que se veían sometidos. Estos caballeros llevaban un hábito negro y la letra tau, símbolo que, por cierto, reapareció debajo de los repintes de la imagen de Alustante en la restauración de 2005. La tau ha funcionado como símbolo protector tanto en la cultura judía como en la cristiana y en ocasiones se ha pensado que aparece tanto en el Antiguo (Ez. 9: 3-6) como en el Nuevo Testamento (Ap. 7: 2-4), siempre como marca de los protegidos de Dios ante las calamidades colectivas.

La hoguera en sí se trataba de una enorme pira de leña recogida por los niños del pueblo casa por casa. Era común que los pequeños llamaran a las puertas de las casas diciendo: “¡Leña para la hoguera de san Antón!”; si el vecino respondía con una aportación –la mayor parte de las veces de sus propias rimas o depósitos de leña apilados- los niños lo bendecían con un “¡Que san Antón se lo pague!” y en caso contrario con la terrible maldición de “¡Si qui’a se le muera el gorrino!” (Si quiera se le muera el gorrino, en el sentido de ojala se le muera).

La fiesta, incardinada en el ciclo del Carnaval, tenía en este sentido un cierto componente de inversión, inversión de roles sociales por un tiempo limitado, en el cual, en este caso los niños, pasaban a disponer de un poder suficiente como para bendecir o maldecir el bienestar de las casas, basado en ocasiones en el cerdo y sus derivados. Poder y protagonismo como para ser ellos los que proporcionan al pueblo el elemento central de la fiesta: la hoguera.

Precisamente otro de los componentes de la tradición era el cerdo, el gorrino de san Antón. Se trataba de un cerdo que se iba alimentando durante las semanas previas a la fiesta casa por casa, que quedaba suelto durante el día por las calles del pueblo y era recogido por las encargadas de la fiesta al anochecer. Con su rifa el día de la hoguera se pagaban los gastos de la misa del santo. El cerdo es, una vez más, un elemento equívoco: por un lado, es representado en la iconografía de san Antón como representación del mal, de la tentación; un animal impuro portador de terribles enfermedades como la triquina, desconocida con la exactitud que ha proporcionado la ciencia, pero bien conocida en las sociedades tradicionales por sus síntomas, sus letales consecuencias y su origen evidente: la ingesta de carne de cerdo. Sin embargo, venía a ser un animal que salvaba la economía de la casa y proporcionaba en la fiesta el regocijo y la propia financiación de la misa en la que se rogaba a Dios y al santo por el bien de la aldea. Hay que señalar, no obstante, que ni el gorrino ni otro animal podían ser sacrificados en el día de san Antón, pues como es sabido, es el abogado protector de los animales.

Formas tradicionales de la fiesta
Tradicionalmente se hacían hogueras por todo el pueblo, siendo la principal de ellas la de la Plaza. Con todo, a mediados del siglo XX todavía se hacían hogueras de considerables dimensiones en la calle Alta, en la plazuela de San José, en el Trinquete, en la Lonja, en el Arrabal, la Magdalena, la calle de San Sebastián.

La procesión, la más corta del año, salía por mañana con la imagen del santo en andas hasta la Plaza y en ella se daba una vuelta alrededor de la hoguera ya encendida, en un claro sentido de purificación. Una vez que se consumía la hoguera de la plaza, y rifado el gorrino, comenzaban a encenderse las hogueras de los barrios en las cuales se repetía el rito de saltar la hoguera por parte de los mozos, de nuevo un gesto purificador.

Aunque no hay constancia documental clara de ello, es posible que se tratara de una de las fiestas votivas del lugar, es decir de aquéllas votadas o juradas por el concejo para ser celebradas con toda solemnidad por el lugar. Para esto el concejo tenía obligación de correr con ciertos gastos, normalmente el pago de la misa y el convite a los vecinos a ciertos alimentos (huevos y vino por norma general), de modo que aunque por el momento no se ha encontrado un testimonio escrito sobre este hecho, sí es cierto que entre los cargos menores del concejo estaba el llamado hermano de san Antón, muy posiblemente encargado de hacer colectas populares para la fiesta, elegido anualmente junto al resto de cargos concejiles de menor rango el día de San Juan y cuya figura se prolonga hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Quizá su desaparición dio lugar a una dejación de la festividad, ante lo cual dos mujeres de gran amistad entre ellas, Venancia Mansilla Izquierdo y María Fonfría Pérez (por cierto, ambas difuntas casualmente en el lapso de pocos días en mayo de 1938), decidieron a principios del siglo XIX recuperar la fiesta y el culto mismo del santo, que había quedado reducido a la nada. Cuentan Martina López y hermanas, nietas de la tía Venancia, que la imagen estaba arrinconada en la iglesia, cerca del altar del Ecce Homo, y que estas dos mujeres propusieron al cura hacer un altar con el dinero recogido del gorrino que comenzaron a custodiar ellas. Dicho altar fue construido por el albañil Rufino Martínez. No obstante, hay que decir que en el siglo XVIII, momento aproximado del que data la talla del santo, hay documentado otro altar dedicado al mismo quizá con una hornacina –en la documentación escrita, en 1769, se habla de un arreglo de la “puerta de san Antón”. La persona encargada del arreglo del altar del santo, de la rifa del gorrino y de pagar las misas tenía derecho al disfrute de un huerto de propiedad municipal, ubicado todavía hoy en el barrio del Ejido y llamado así, el Huerto de san Antón.

La fiesta en la actualidad
A raíz del asfaltado de las calles, en torno a 1968, la hoguera comenzó a trasladarse a los extrarradios del pueblo, y acabó ubicándose en el barrio del Ejido, junto al abrevadero denominado las Pilas. Debido al incremento de la despoblación, desde principios de la década de 1990 la fiesta se trasladó al sábado más próximo al 17 de enero a fin de que pudieran seguir celebrando la fiesta los vecinos e hijos del pueblo emigrados. Otro factor a tener en cuenta fue el descenso de niños en las escuelas, de modo que, tras algún año de no haber ni siquiera hoguera (1989) pasó de nuevo el Ayuntamiento a hacerse cargo de la festividad, ubicándola primero en la plaza del Pilar, más tarde en la plaza Mayor, y en los últimos años en frente al la lonja de la Casa del Lugar. Asimismo, también se ha recuperado la rifa del gorrino, aunque ya sin crianza comunitaria; con todo, el lechón que se rifa cada año sale en la procesión en un carrito trasportado con todo el cariño por los niños y niñas del pueblo. En los últimos años se celebra una cena popular a base de caldereta, patatas asadas y otros productos típicos y se traen gaiteros que amenizan los actos con la música tradicional de la tierra.